Romper el círculo del olvido
Dr. Roberto Betancourt A.

A pocas semanas del doble terremoto de Venezuela, la conmoción comienza a dar paso a las tareas más urgentes y también a las más cotidianas. Cuando disminuyen las réplicas, se eliminan los escombros y la urgencia deja de aparecer en las pantallas de los teléfonos móviles, nos acercamos, sin desearlo, al desafío más grande y decisivo: impedir que la memoria del desastre pierda intensidad. De ahí proviene la mayor alerta, ya que debemos aceptar que el riesgo sigue presente en las fallas, en los suelos y en las edificaciones vulnerables, y que estamos expuestos a él.

La ciencia ayuda a comprender este proceso. El concepto de «amnesia colectiva del desastre» describe la erosión de la memoria social que se produce cuando los testimonios dejan de transmitirse y las enseñanzas quedan fuera de las instituciones. Más que un diagnóstico clínico, resume un proceso estudiado en la memoria del riesgo. Las investigaciones de Paola Fontanella Pisa sobre la transmisión intergeneracional de la memoria del desastre, los experimentos de Hirokazu Shirado, Forrest Crawford y Nicholas Christakis sobre la comunicación colectiva ante amenazas inciertas y los estudios clásicos de Neil Weinstein sobre el optimismo irreal permiten comprender por qué una sociedad puede recordar históricamente una catástrofe y, al mismo tiempo, subestimar su futura vulnerabilidad. El terremoto de Caracas de 1812 es un portentoso ejemplo de ello para nosotros.

La ciudad china de Tangshan ofrece una lección muy valiosa. El gran terremoto de 1976 destruyó o inutilizó cerca del 85 % de sus edificios y causó más de un cuarto de millón de muertos, según el recuento oficial. Sus ruinas, el museo, el parque y el muro de las víctimas han transformado la pérdida en una enseñanza intergeneracional y han preservado la huella física, convirtiéndola en educación y en normas que han demostrado su eficacia durante el siguiente evento, tanto en esa provincia como en cualquier otra parte de su vulnerable geografía.

Como dijo Plutarco, «no está en manos del hombre no cometer errores, pero el sabio y bueno aprende sabiduría para el futuro», por lo que nuestro país puede beneficiarse efectivamente de estas experiencias mediante un pacto de memoria activa. Cada daño debe convertirse en dato, inventarios abiertos, mapas de riesgo, registros fotográficos, evaluaciones independientes, microzonificaciones sísmicas, ordenanzas sismorresistentes, presupuestos, refuerzos y preparación comunitaria. La independencia también se logra del yugo de nuestro recurrente olvido, por lo que el 24 de junio podría ser la fecha de una jornada nacional de aprendizaje sobre amenazas múltiples.

La ciencia aporta hechos irrefutables, mapas y criterios; el Estado, continuidad y recursos; y las comunidades, memoria territorial y solidaridad. Cuando estas capacidades convergen, el recuerdo deja de depender del miedo y se convierte en infraestructura ciudadana. Recordar significa reconstruir con sabiduría y proteger el futuro antes de que vuelva a sacudirse el suelo.

* El autor es Presidente del Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación

@betancourt_phd
Fuente: https://ultimasnoticias.com.ve/opinion/romper-el-circulo-del-olvido/