Venezuela Sísmica: Dolor, Ciencia y Esperanzas
Dr. Roberto Betancourt A.

Venezuela volvió a sentir, con la crudeza que suele tener la tierra en movimiento, una verdad que la ciencia ha repetido durante décadas: somos un país sísmico. Los dos eventos fuertes registrados, junto con otros sismos sentidos en regiones cercanas a La Guaira, no deben ser tratados como curiosidades aisladas o como señales para alimentar el miedo. Son, ante todo, una convocatoria dolorosa a recordar que habitamos una geografía viva, situada en una compleja interacción entre placas, fallas, montañas, costas y ciudades. La historia de 1812, con un terremoto de magnitud 7,7, estimada por expertos estudios como uno de los episodios más críticos y devastadores de nuestra memoria sísmica, vuelve a aparecer no como fantasma, sino como advertencia: los pueblos que aprenden de sus heridas pueden levantarse con más conciencia.

Sin embargo, más allá de los detalles poco conocidos sobre hipocentros, fallas activas, réplicas y energía liberada, hoy hay una obligación superior: hablarle con respeto a la gente que sufre. Hay familias que perdieron un ser amado, su casa, su tranquilidad o todas al mismo tiempo. Hay niñas y niños que no entienden por qué el suelo dejó de ser seguro. Hay rescatistas, médicos, bomberos, efectivos de protección civil y hombres y mujeres de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana que, en medio del cansancio, sostienen la vida con disciplina y humanidad. En esas horas, la ciencia no puede hablar desde una torre distante. Debe hablar como una madre con precisión, pero también con afecto. Debe orientar, calmar y -siempre- servir.

Conviene decirlo con claridad: los terremotos no se predicen. A pesar de nuestros esfuerzos, nadie puede anunciar con certeza el día, la hora y el lugar exacto del próximo gran evento. Lo que sí puede hacerse, y debe hacerse, es reducir la vulnerabilidad. Allí está la diferencia entre la fatalidad y la política pública inteligente. Las réplicas son esperables; unas serán sentidas, otras solo quedarán registradas por los instrumentos. Por consiguiente, la recomendación experta no es un formalismo: evitar ingresar a edificaciones dañadas sin evaluación técnica, atender las instrucciones oficiales, verificar columnas, vigas, muros, escaleras, instalaciones de gas y electricidad, evitar rumores y mantener despejadas las rutas de emergencia y evacuación. La planificación junto a la serenidad también salva vidas.

En este punto, la comunidad científica venezolana tiene una responsabilidad histórica. Funvisis, las universidades, los colegios profesionales, los centros de investigación, los ingenieros estructurales, los geólogos, los sismólogos, los arquitectos y los especialistas en gestión de riesgo deben ser escuchados con humildad republicana. La prevención sísmica no se improvisa después del desastre; se construye antes, en las escuelas, en las normas de construcción, en los simulacros, en los mapas de amenaza, en la inspección de viviendas, hospitales, puentes, aeropuertos, puertos, industrias y sistemas de servicios. Del mismo modo, los órganos de seguridad ciudadana deben integrarse a esa cultura preventiva, tanto para responder cuando ocurre la emergencia, como hoy estoicamente los observamos, y para planificar, entrenar, comunicar y proteger. A ellos, como a la ciencia, hay que escucharles antes, durante y después.

A quienes hoy padecen, esta reflexión quiere decirles algo sencillo: no están solos. El país entero tiene el deber de acompañarlos. La tierra se movió, pero también se movió la solidaridad. En cada mano experta que remueve escombros, en cada profesional que revisa una estructura, en cada vecino que comparte agua, alimento o información confiable, Venezuela demuestra que la resiliencia es mucho más que una palabra elegante, es una conducta colectiva. Nos corresponde llorar a quienes partieron, atender a los heridos, proteger a los más vulnerables y convertir este dolor en aprendizaje nacional.

De allí nace la esperanza. No cualquier esperanza ingenua, sino una esperanza organizada.

La que entiende que la ciencia orienta, la ingeniería previene, la educación transforma y la disciplina salva. Venezuela es incapaz de escoger si será o no un país sísmico. Eso ya lo decidió la naturaleza, la que nunca se opone sino la que enseña. Venezuela sí puede escoger ser un país preparado. Y esa elección, hecha con conocimiento, solidaridad y amor por la vida, es la forma más digna de honrar a quienes hoy sufren.

¡Soy Venezuela!

* El autor es Presidente del Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación

@betancourt_phd
Fuente: https://ultimasnoticias.com.ve/opinion/venezuela-sismica-dolor-ciencia-y-esperanzas/