
Dr. Roberto Betancourt A.
La inteligencia artificial (IA) puede ampliar la curiosidad y acelerar la exploración, pero también puede causar dependencia cognitiva si se sustituye el esfuerzo interpretativo por una aceptación pasiva.
La evidencia más interesante está en el tipo de pensamiento que provoca mas que en la velocidad del cálculo. Cuando una herramienta responde en segundos, obliga a quien desea profundizar en un campo del conocimiento a formular mejores preguntas, contrastar fuentes y distinguir entre una frase elegantemente formulada y una idea verdaderamente relevante. Por consiguiente, el dilema no consiste en escoger entre pensar o usar la IA, sino en decidir si la usamos para debilitar el juicio o para disciplinarlo.
En la academia, el uso de una IA (ya sea propietaria o de libre acceso) puede dificultar el aprendizaje si se utiliza para sustituir la lectura, simular comprensión o generar respuestas sin reflexión. Empero, también puede enriquecer la vida escolar si se usa para organizar la bibliografía, traducir literatura técnica, detectar lagunas conceptuales y comparar enfoques metodológicos. Por tanto, la labor pedagógica debe evitar tanto la prohibición refleja como la celebración acrítica. La universidad debe enseñar a cuestionar la herramienta, lo que incluye el origen de la información, las omisiones, los sesgos, la evidencia que respalda las afirmaciones y la responsabilidad genuina del autor.
En la industria, la IA puede servir de herramienta para aumentar la productividad: redactar protocolos, explorar diseños, revisar normas técnicas, estimar escenarios, depurar código o analizar registros de mantenimiento. Sin embargo, una recomendación sin trazabilidad puede ser más costosa que el silencio. Por ello, el criterio productivo debe exigir bitácoras, validación por pares, protección de datos, control de versiones y revisión experta. Si bien puede acelerar una hipótesis, nunca debe reemplazar la prueba, el cálculo responsable o la experiencia de quienes conocen la realidad del proceso.
El uso ético de la IA, requiere una «pedagogía de los límites». Estas herramientas se pueden utilizar con tres advertencias: [1] confidencialidad antes de usar (lo que obedece al principio de privacidad, protección de datos y gobernanza responsable sugerido por la Unesco), [2] verificación de las respuestas (contraste con fuentes primarias, datos institucionales, normas técnicas, revisión experta o evidencia reproducible) y [3] transparencia antes de publicar o decidir (pues, la responsabilidad siempre será humana). Esta disciplina protege la creatividad y evita que la comodidad derive en dependencia cognitiva.
«Pensar versus IA» propone una reflexión sobre la mente y la máquina. Plantea una jerarquía. Primero está el problema, luego el método y, por último, la herramienta. Si se altera el orden, la IA dicta la agenda. Si se respeta, la IA puede ser una poderosa herramienta al servicio del trabajo humano. La ventaja estará en usarla mejor, con ética, cuidando las bases de datos, con ciencia abierta, con participación ciudadana y con instituciones capaces de aprender sin dejar de pensar.
* El autor es Presidente del Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación
@betancourt_phd Fuente: https://ultimasnoticias.com.ve/opinion/pensar-versus-inteligencia-artificial/
