Átomos para la vida
Dr. Roberto Betancourt A.

La geopolítica de la ciencia en el ámbito de la física nuclear presenta una asimetría profunda. En la actualidad, la energía nuclear proporciona alrededor de un 10 % de la electricidad mundial y 31 países la utilizan para generar electricidad (solo tres en Latinoamérica). La capacidad de convertir este conocimiento en autonomía tecnológica está mucho más concentrada de lo que suele admitir el discurso global sobre la transición energética. En otras palabras, aunque el ideal de «átomos para la paz» sigue vigente, su aplicación práctica depende de las relaciones de poder, las cadenas de suministro y los regímenes de salvaguardias, que no están distribuidos de manera uniforme.

Ahora bien, sería un error reducir este tema al campo de la potencia eléctrica. Su impacto civil es mucho más vasto y, a la vez, más humano. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) documenta infraestructura de imagen médica y medicina nuclear en más de 170 países, y la base de datos del Directory of Radiotherapy Centres (DIRAC) registra centros de radioterapia en 141 países y casi 8.800 en todo el mundo. Además, el 80 % de los estudios diagnósticos de medicina nuclear dependen del molibdeno-99 y del tecnecio-99m, radioisótopos que se producen esencialmente en reactores de investigación. Por tanto, cuando un país invierte en física nuclear para la salud, aumenta su soberanía científica y fortalece su capacidad para diagnosticar cáncer, tratar cardiopatías y mantener sistemas públicos de salud con mayor precisión. En este contexto, el átomo deja de ser un símbolo de una amenaza de ignorantes para convertirse, con toda claridad, en una infraestructura de ciencia para la vida.

Sin embargo, la distribución del poder vuelve a aparecer cuando se examina el mapa de la investigación avanzada. El OIEA tiene registrados más de 800 reactores de investigación en 71 países, mientras que la World Nuclear Association indica que en la actualidad hay unos 220 reactores de investigación en funcionamiento en más de 50 países. Estos reactores producen radioisótopos, forman especialistas, prueban materiales y sustentan industrias científicas enteras. Pero solo algunos países que utilizan tecnología nuclear controlan las etapas estratégicas del ciclo. El enriquecimiento de uranio, por ejemplo, es descrito por la propia industria como una actividad estratégicamente sensible, costosa y con altas barreras de entrada. Las grandes plantas comerciales se concentran en un reducido grupo de países y, según el International Panel on Fissile Materials, solo 14 países cuentan con instalaciones de enriquecimiento. Así, la ciencia nuclear pacífica está extendida, pero la capacidad de control sobre sus nodos críticos no.

El OIEA recuerda que, cuando el uranio supera el 20 % de U-235, comienza a considerarse uranio altamente enriquecido. Este umbral no convierte automáticamente un programa en militar, pero sí modifica radicalmente la percepción internacional del riesgo. De hecho, el propio OIEA ha impulsado durante décadas la conversión de reactores de investigación de uranio altamente enriquecido (HEU, por sus siglas en inglés) a uranio de bajo enriquecimiento (LEU) para reducir los riesgos de proliferación, consiguiendo que 171 de los reactores, diseñados originalmente para usar HEU, hayan sido convertidos a LEU. La lección geopolítica es nítida, el problema reside en la cercanía entre ciertos conocimientos y capacidades que, bajo determinadas decisiones políticas, pueden cruzar la frontera de lo estrictamente pacífico.

Posteriormente, surgieron casos como los de Chernóbil y Fukushima, que deben interpretarse como advertencias graves sobre la necesidad de mejorar su regulación, en lugar de como argumentos para abandonar la energía nuclear. El OIEA ha subrayado que el accidente de Chernóbil puso de manifiesto disparidades agudas en el diseño y la operación, y que dejó una enseñanza que sigue vigente: un accidente en cualquier lugar es un accidente que rebasa fronteras. Tras el accidente de Fukushima, la comunidad internacional reforzó la idea de que la seguridad, la regulación, la preparación para emergencias y la transparencia son condiciones de legitimidad más que requisitos administrativos.

En consecuencia, una política seria de «átomos para la paz» exige tres cosas al mismo tiempo: la expansión prudente de la energía limpia, el fortalecimiento de la medicina nuclear y el control riguroso de los segmentos sensibles del ciclo del combustible. En estos aspectos se decide, en verdad, la geopolítica contemporánea de la física nuclear, sin caer en el entusiasmo ingenuo o el miedo paralizante, sino situándose entre la dependencia y la soberanía, la opacidad y la confianza pública, y la concentración del poder y la democratización responsable del conocimiento.

* El autor es Presidente del Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación

@betancourt_phd
Fuente: https://ultimasnoticias.com.ve/opinion/atomos-para-la-vida/