
Dr. Roberto Betancourt A.
En muchas ocasiones se repite como consigna: «compramos tecnología de punta». Sin embargo, en este ámbito, comprar no es poseer. Muchas veces es como firmar una suscripción, atándote a actualizaciones, repuestos, licencias y a una hoja de ruta que no has escrito. En otras palabras, la fidelidad no la paga quien vende, sino quien compra. Por eso, cuando un país o una empresa incorpora tecnología sin desarrollar capacidades propias, la decisión no puede quedar en manos del entusiasmo comercial, sino que exige política pública, ingeniería de contratos y acompañamiento experto que piense en el mediano y largo plazo. Porque la independencia tecnológica, si se desea, suele comenzar con un contrato de dependencia, pero exige procesos expertos que eviten que termine allí.
China ofrece una lección sin atajos, incómoda y útil. En su apuesta ferroviaria, la alta velocidad no nació «autóctona» pues buena parte de la tecnología crítica provenía de acuerdos con consorcios extranjeros. Según un informe de la U.S.-China Economic and Security Review Commission, alrededor del 90 % de la tecnología utilizada en los trenes de alta velocidad de China provenía de asociaciones o equipos desarrollados por empresas extranjeras. Asimismo, el informe documenta costos de construcción por kilómetro entre 17 y 21 millones de dólares, frente a los 25 a 39 millones de Europa, apoyándose en la escala industrial y la planificación.
La idea es evitar mitificar el proceso y comprender la arquitectura imprescindible. China creó un corredor de asimilación que permitía la entrada de ofertas comerciales bajo condiciones de mutua conveniencia, que incluían la producción local, la formación de personal, la adaptación progresiva a las normas nacionales y la localización progresiva de componentes. Después, con equipos propios de ingeniería (no solo como compradores), convirtió la operación diaria en un laboratorio de mantenimiento, logística de repuestos, control de calidad, digitalización de talleres, mejora de rendimientos y disciplina de proyectos, espacios donde ocurre lo decisivo: la innovación en procesos, que rara vez aparece en los folletos, pero que reduce gastos, acorta plazos y convierte a la empresa en dueña de su método.
Esa transición requiere una inversión inteligente y constante. En 2024, China informó de un gasto de inversión total en I+D de más de 522 millardos de dólares estadounidenses, que representó el 2,68 % de su PIB. Con esa base, la «digestión» de tecnología importada dejó de ser una metáfora para convertirse en una práctica industrial propia, lo que ha permitido evitar el síndrome del habitual «no inventado aquí» gracias a la fórmula de formar a investigadores, financiar laboratorios, estandarizar, patentar y repetir. Parece obvio y sencillo, pero se fracasa más de lo que se triunfa por perder de vista el objetivo a mediano y largo plazo.
El resultado es hoy ampliamente visible, aunque era inapreciable hace 20 años. La dinámica del sector ha convertido a la empresa China Railway Rolling Stock Corporation (CRRC) en líder mundial del material rodante, con una cuota de mercado cercana al 29 % en 2024. En cuanto a la propiedad intelectual, Huawei se mantuvo como el principal solicitante de patentes en 2024, con 6.600 solicitudes publicadas, según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI). Estas cifras no demuestran «genialidad» por sí solas, sino que ponen de manifiesto una estrategia: pasar de depender del proveedor a competir con él.
¿Qué implica esto para nuestra República? Que cada compra tecnológica (incluso la «tecnología de punta») debe ir acompañada de un plan de emancipación gradual para negociar mejor, aprender más rápido y reducir vulnerabilidades, no para aislarse.
* El autor es Presidente del Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación
@betancourt_phd Fuente: https://ultimasnoticias.com.ve/opinion/la-tecnologia-de-punta-es-un-espejismo/
