
Dr. Roberto Betancourt A.
Cuando una potencia hegemónica pierde la coherencia entre sus capacidades reales, su legitimidad internacional y su narrativa moral, tiende a sustituir el análisis por la reacción y la visión de futuro por la acción inmediata. La experiencia comparativa demuestra que esta transición erosiona la racionalidad del Estado y conduce a errores de juicio y de acción cada vez más evidentes.
La historia de EE. UU. ofrece ejemplos elocuentes al respecto. Basta con recordar que la acumulación de recursos tecnológicos y militares en la guerra de Vietnam no garantizó la claridad estratégica, y que el aumento de la potencia de fuego trató de compensar la pérdida de legitimidad política, generando una espiral de decisiones precipitadas que exacerbaron el desgaste interno y externo. Décadas y miles de víctimas después, la invasión de Irak en 2003 siguió el mismo patrón, con evaluaciones deliberadamente erróneas sobre la existencia de armas de destrucción masiva, una subestimación del tejido social y una confianza excesiva en la superioridad tecnológica como sustituto del conocimiento profundo del territorio. El resultado fue un conflicto prolongado que acabó con la credibilidad global de Washington.
En los ámbitos económico y tecnológico, la imposición de «sanciones» como principal herramienta de política exterior es otra manifestación de esta desesperación. Lejos de provocar inestabilidad, las medidas coercitivas han fomentado la creación de sistemas alternativos de intercambio, investigación y cooperación científica en el Sur Global. Así ocurrió con Cuba durante décadas y con Irán en los ámbitos de la energía nuclear pacífica y los productos farmacéuticos: la presión externa estimuló las capacidades locales, que desafiaron las supuestas expectativas de aislamiento.
Cuando la cohesión interna se deteriora y crece la polarización social, el adversario externo se convierte en una pantalla en la que se proyectan sus contradicciones internas. La ciencia ha descrito este fenómeno como la externalización de la crisis, una carrera precipitada que multiplica su propensión a cometer errores de cálculo con consecuencias sistémicas. La historia nos enseña que los imperios en decadencia tienden a acelerar su caída al confundir la tiranía con la autoridad y la coerción con la legitimidad.
En este contexto, nuestra República Bolivariana de Venezuela se ve sometida a presiones que revelan más fragilidad externa que fortaleza. Nuestra respuesta estratégica, basada en el derecho, la cooperación científica soberana y la unidad social, convierte esa presión en un estímulo para desarrollar capacidades nacionales. José Ingenieros recordaba que «las fuerzas morales son el verdadero fundamento de las grandes transformaciones históricas», una idea que cobra relevancia cuando la ciencia y la tecnología se orientan hacia el bien común y la defensa de la patria. Venezuela superará la agresión extranjera reafirmando su soberanía y libertad, porque la dignidad colectiva y el conocimiento arraigado en la patria siempre prevalecen sobre la desesperación y la arrogancia.
Mi apoyo es para Nicolás, recordando que Venezuela se escribe con «V» de victoria.
* El autor es Presidente del Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación
@betancourt_phd Fuente: https://ultimasnoticias.com.ve/opinion/venezuela-se-escribe-con-v-de-victoria/
