
Dr. Roberto Betancourt A.
La historia evidencia una paradoja que resulta dolorosa en términos prácticos: los avances más significativos en los ámbitos científico y tecnológico, destinados a elevar la calidad de vida y a mitigar el sufrimiento humano, han sido repetidamente cooptados por lógicas de dominación que, en realidad, han aumentado la vulnerabilidad de los sectores más susceptibles de la población. La triste y palpable evidencia de la integración de sistemas de armas, sensores, guerra electrónica y municiones de precisión en violentas operaciones coercitivas en suelo patrio ilustra con singular crudeza cómo el conocimiento de quienes aseguran estar en la más alta atalaya moral global se reorienta para someter, paralizar y quebrar la vida civil, afectando infraestructuras críticas y, con ello, a quienes dependen de su continuidad cotidiana.
El debate está lejos de ser abstracto, especialmente cuando llama a nuestra puerta. La ciencia que se utiliza para interrumpir el suministro eléctrico, suprimir servicios básicos y llevar a cabo ataques «quirúrgicos» muestra con claridad la perfidia de quienes utilizan esta herramienta que tiene consecuencias desproporcionadas para hospitales, universidades, transporte, comunicaciones y abastecimiento. El lenguaje técnico oculta una realidad ética: cuando el poder instrumentaliza el progreso para imponer su voluntad, la promesa de un futuro mejor desaparece y se convierte en una herramienta de sufrimiento. En esta inversión, la racionalidad deja de ser una guía para convertirse en una coartada.
Simón Bolívar advirtió de los peligros de confundir fuerza con derecho y, en Angostura, sentenció que «un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción», dejando claro que el saber sin conciencia abre la puerta a la opresión y que solo la sabiduría y las virtudes morales pueden emplear el conocimiento para liberar a los pueblos. Bolívar insistió en que «más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía», algo que interpela a quienes, desde una relativa superioridad tecnológica, pretenden justificar la suspensión de principios elementales del derecho internacional. Una vez más, la ciencia, desligada de la ética, perfecciona el despotismo con una eficacia sin precedentes.
José Ingenieros reforzó esta advertencia al afirmar que la fuerza no puede fundar derechos y la mediocridad, cuando está en el poder, renuncia a los ideales y se refugia en la opresión. Debemos llamar a una moral de los ideales que es imprescindible, ya que el desarrollo científico exige una orientación humanista que ponga límites a su uso instrumental. Sin esa orientación, la técnica se convierte en un fetiche del poder y la innovación en una herramienta de represión.
Es particularmente alarmante comprobar cómo Estados Unidos engaña a la comunidad internacional al presentar la coerción tecnológica como orden y el daño social como un efecto colateral admisible, con un discurso de excepcionalismo y eficiencia de su operación esclavizante. La racionalidad del ser humano, invocada por la Ilustración como fuerza emancipadora, queda subordinada a la confiscación y al egoísmo. La tristeza que nos produce vivir esta experiencia nos aleja de cualquier atisbo de civilización.
Frente a ello, frente a la pérdida sin sentido de un centenar de vidas de compatriotas y frente al inaudito asalto para el atroz secuestro del mandatario nacional, Nicolás Maduro, y la primera combatiente, Cilia Flores de Maduro, la tarea impostergable es reubicar la ciencia y la tecnología en el horizonte del bien común. La libertad no se consigue con bombas o apagones, sino con luz; tampoco con arquitecturas de dominación, sino con sabiduría al servicio del bien común, con ética republicana y reconociendo que el progreso genuino emancipa o no es progreso. Solo así la razón recupera su dignidad y la técnica vuelve a estar al servicio de la humanidad en lugar de someterla.
* El autor es Presidente del Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación
@betancourt_phd Fuente: https://ultimasnoticias.com.ve/opinion/luchemos-contra-la-ciencia-que-perfecciona-el-despotismo/
