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17 de febrero de 2021

El Carvativir reta a los religiosos de la ciencia


Si la muy avanzada “sociedad civil occidental” no cree en la vacuna rusa porque es rusa; no cree en la vacuna china porque es china; no cree en la vacuna cubana porque es cubana, ¿qué tiene de raro que no crea tampoco en el medicamento Carvativir, que es venezolano y lo anunció públicamente Nicolás Maduro?

En la desmedida reacción de rechazo al fármaco confluyen varias de las peores taras de “la gente decente y pensante de este país”, frase (con copyright de la diputada Carola Chávez) referida a cierta clase media que se cree mejor que el pueblo llano. En primer lugar, su secular endocolonialismo. Y en segundo puesto –muy cerquita e imbricado con el primero–, su incurable antichavismo.

Contra el endocolonialismo no hay vacuna que valga. Si usted lo padece, seguirá sufriéndolo indefinidamente. Los síntomas son clásicos: creer con fe ciega en cualquier cosa que venga de Estados Unidos o Europa, y desconfiar con igual intensidad de las que se hayan creado o inventado en los países que adversan, en una o en otra forma, a la estructura imperial estadounidense. Si la “cosa” es fabricada en Venezuela, peor todavía.

En cuanto al antichavismo, ya es llover sobre mojado decir que el mundillo opositor siempre repite el mismo error: menospreciaron a Chávez y el comandante los dominó 14 años en vida y lleva ya casi ocho sometiéndolos desde el otro plano. Se creyeron superiores a Maduro y no han podido con él, ni por las buenas ni por las malas.

Con el Carvativir, que no es una vacuna sino un medicamento para aliviar los síntomas del covid-19, se demuestra un fenómeno interesante desde el punto de vista filosófico: la ciencia es una cuestión religiosa, aunque parezca una contradicción o una ironía. Cada quien cree en “su ciencia” como se cree en el dios patrocinado por alguna religión, al tiempo que se descree en todos los otros dioses y se ridiculiza a sus seguidores.

La ciencia-religión, como las religiones propiamente dichas, se nos ha impuesto históricamente mediante la dominación política, la tradición familiar y la mercadotecnia. Las creencias nos vienen de ideas que nos sembraron hace mucho (en América, a sangre y fuego), que se traspasan de generación en generación, en forma aparentemente inocente, o que se “venden” con grandes operaciones publicitarias.

Los pontífices, monseñores y otros sacerdotes de la ciencia de EEUU y Europa consideran que cualquier otra ciencia es herejía. Y los aparatos de catequización actúan de manera consecuente a ese dogma.

En lo que respecta a los fármacos para aliviar los síntomas del SARS-CoV-2 o covid-19, ha adquirido perfiles fanáticos esta convicción mística de que solo la ciencia de las naciones del Atlántico Norte es verdadera ciencia. Lo demás es superstición, superchería, mitos, engaños, brujería.

De poco vale, frente al arrebato de este fundamentalismo, que se presenten estudios científicos avalados por instituciones especializadas y que los investigadores sean expertos de nutrida foja académica y profesional. Si sus nombres y apellidos son criollos y el organismo en el que trabajan no es del “primer mundo”, cualquier producto será relegado a la misma categoría que unos ramazos en cruz o una oración del tabaco.

Se pretende descalificar al Carvativir porque su componente fundamental es el isotimol, esencia del tomillo y del orégano, muy populares en la gastronomía. Con ínfulas de grandes conocedores, los fanáticos de la “ciencia verdadera” (la gringa-europea) dicen que esa es la mejor demostración de que se trata de un vulgar menjurje. Es un enfoque que ignora u oculta el hecho de que la inmensa mayoría de los medicamentos fabricados por la poderosísima industria farmacéutica “occidental” se basa en principios activos procedentes de las plantas y, casi siempre, fruto de saberes ancestrales robados a los pueblos originarios, a los curanderos, a los shamanes y a las abuelas hacedoras de guarapos.

El Carvativir es producido por Laboratorio Farmacológico de Venezuela, y fue desarrollado con el apoyo de los ministerios de Salud y de Ciencia y Tecnología, el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), el Instituto Nacional de Higiene Rafael Rangel y el Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses. Si todos estos nombres estuvieran escritos en inglés, tal vez otro gallo cantaría.

En un reportaje del diario Últimas Noticias, la periodista Rosa Raydan informa que “según el resumen global de la investigación, la patente tuvo una aprobación en examen de forma el pasado 14 de diciembre de 2020. En sus fases preclínicas de ensayo, el medicamento contó con la prueba in vitro, desarrollada por el IVIC y Laboratorios Carmed (Turquía), que consistió en un ensayo en ratones, mientras que el ensayo in silico (en computadora), fue realizado por Autodock Vina (Venezuela), que desarrolló el modelo molecular de simulación”.

Las fases clínicas I y II se completaron entre junio y julio de 2020, con participación de cien pacientes. En la fase III (agosto-noviembre 2020) se realizó el ensayo clínico multicéntrico, aleatorizado, doble ciego con 600 pacientes”, señala el reportaje. “El Comité de Bioética del Hospital Universitario Doctor Miguel Ángel Rangel (Periférico de Coche) midió la seguridad, tolerabilidad y actividad antiviral e inmunomoduladora del compuesto”.

 

Estas pruebas y ensayos no han convencido a la Academia Nacional de Medicina, entidad que parece compartir las características generales de esa cierta clase media mencionada anteriormente: el endocolonialismo y el antichavismo, pues solo suele salir de su letargo para descalificar los esfuerzos de la ciencia nacional y para torpedear al Gobierno.

 

Toma tu tomillo

 

Héctor Rangel, doctor en Virología que lidera los estudios sobre fármacos potenciales contra el SARS-CoV-2 desde el IVIC, afirma que el Carvativir ha mostrado actividad antiviral in vitro. “Evaluamos concentraciones del compuesto en células infectadas. Con concentraciones crecientes, se observó una disminución en la formación de placas líticas. Eso indica actividad antiviral”, explicó.

 

Entre las pruebas realizadas a los pacientes estuvieron: Hematología completa; Dimero D; Ferritina; Fibrinógeno; Tiempo de Protrombina y Tiempo Parcial de Tromboplastina; Inmunoglobulina M; Inmunoglobulina G, Interleuquina-6, Proteína C Reactiva (PCR); y Reacción en Cadena de la Polimerasa con Transcriptasa Inversa (RT-PCR); además de radiografías de tórax y tomografías computarizadas. Estas pruebas fueron procesadas en los laboratorios Inmuno XXI (Caracas) y Mayo Clinic (Minnesota, EEUU).

 

La investigación sobre el Carvativir incluyó aislamiento e identificación de principios activos; modelaje molecular; estudios in vitro y ensayos in vivo; estabilidad química; estudios clínicos por cuatro meses en pacientes positivos de covid-19, con sintomatología comprobada.

 

Este ejercicio que ha hecho Venezuela en pleno bloqueo económico más que sumar capacidades, es de voluntad. Hay capacidad, hay talento y hay voluntad”, expresó la ministra de Ciencia y Tecnología Gabriela Jiménez.

 

Por: Clodovaldo Hernández

Fuente: Ciudad CCS

En: https://ciudadccs.info/2021/02/11/perfil-el-carvativir-reta-a-los-religiosos-de-la-ciencia/

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