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12 de febrero de 2021

Mujeres de ciencia tras la vacuna contra la COVID-19


Las vacunas contra el coronavirus pasarán a los libros de texto como uno de los hitos de los años 2020 y 2021. También deben hacerlo las mujeres que han liderado su desarrollo. Sus aportaciones y nombres no deben ser olvidados o metidos en un cajón como ya hemos visto en otros casos a lo largo de la Historia porque la sociedad no aceptaba que una mujer liderara investigaciones o aportara ideas poco convencionales para ciertas épocas. Mujeres científicas que a pesar de su brillantez intelectual y del trabajo desarrollado no han sido reconocidas como se merecen. Todas ellas tendrían que aparecer en los libros de texto porque, lejos de los estereotipos, las mujeres somos también de ciencias.


El camino hacia la vacuna


Chen Wei, Kizzmekia Corbett y Sarah Gilbert están detrás del desarrollo de las principales vacunas contra la COVID-19. La epidemióloga Chen Wei lidera el proyecto de la vacuna en China. Cuando empezó todo viajó a Wuhan, la zona cero, para iniciar su trabajo contra la pandemia. Conocida como la ‘terminator’ de los virus, ha trabajado también contra el ébola, el ántrax y el SARS, y es la responsable de la lucha en el país contra todo tipo de virus.


El SARS fue también foco de estudio de la bióloga Kizzmekia Corbett, que ha liderado el desarrollo de la vacuna contra el coronavirus en Estados Unidos. Ha estudiado la respuesta de los anticuerpos humanos a los virus, como el dengue, y en los últimos años ha trabajado en una vacuna para la familia de los coronavirus. Además, se ha hecho bastante conocida en redes sociales por explicar y acercar sus logros científicos a la población joven a modo de inspiración.


En Maryland, Estados Unidos, la científica Nita Patel lidera también un equipo de investigación sobre otra vacuna contra la COVID-19.


Por su parte, la doctora Sarah Gilbert ha dirigido el desarrollo de la vacuna de la Universidad de Oxford, en Reino Unido, con un equipo de 300 personas. Cuenta con 15 años de trayectoria dedicada al desarrollo de vacunas. Comenzó estudiando la malaria, ha hecho frente al Síndrome Respiratorio del Medio Oriente (MERS), el ébola, la hepatitis B, y ha logrado crear la vacuna universal contra la gripe estacional.


Más nombres. Isabel Sola, microbióloga y viróloga, lleva 25 años estudiando a la familia de los coronavirus. En el Centro Nacional de Biotecnología del CSIC codirige con Luis Enjuanes un equipo que desarrolla también una vacuna para combatir la pandemia. Anteriormente ya había trabajado en prototipos de vacunas contra el SARS y el MERS.


Las vacunas contra la COVID-19 basadas en genes -y no en proteínas- son una realidad gracias a las investigaciones de la bioquímica Katalin Karikó y su llamado ‘ARN mensajero’, a pesar de que durante años le rechazaron constantemente financiación a estos estudios. Por este descubrimiento, parte de la comunidad científica la considera la “madre de la vacuna” contra el coronavirus.


La ciencia también es de mujeres


Todos estos trabajos contribuirán a frenar la pandemia y cambiar el mundo, al igual que las investigaciones de otras mujeres científicas cuyos estudios han cambiado la ciencia. Mujeres que, en muchas ocasiones, han sido olvidadas de ser incluidas en los libros de texto, pero que sin ellas la evolución de la ciencia no habría sido la misma.


Pongamos algunos ejemplos. Barbara McClintock y sus “genes saltarines”, Marie Curie y la radioactividad, Ada Lovelace y la programación, Hedy Lamarr y su sistema precursor del Wifi, Henrietta Leavitt y la luminosidad de las estrellas, Mae Carol Jemison, ingeniera, médica y astronauta, Katherine Goble Johnson y su contribución a los programas de la NASA, Margarita Salas, precursora de la biología molecular en España, o Ángeles Alvariño y su descubrimiento de 22 especies marinas. La lista es interminable.


El efecto Matilda o por qué los méritos de la mujer son menos méritos


Las investigaciones de todas ellas reflejan su pasión por la ciencia y el saber, a pesar de las trabas que encontraron a lo largo de su carrera profesional en una sociedad patriarcal que las trató o como inferiores en muchas ocasiones, quitando relevancia a sus méritos, cuestionando su capacidad científica, negando sus aportaciones y descubrimientos u otorgando la autoría de sus trabajos a compañeros de investigación o, incluso, a sus propios esposos. Esta discriminación de la mujer científica se conoce como el “efecto Matilda”, un fenómeno que describió por primera vez la activista Matilda Joslyn Gage. De ahí su nombre.


Uno de los mayores ejemplos en este sentido es el de Rosalind Franklin, que obtuvo la estructura del ADN. Sin embargo, su trabajo no fue reconocido hasta pasados los años y el mérito fue entonces para sus compañeros James Watson y Francis Crik, lo que les llevó a recibir el Premio Nobel en 1962.


¿Por qué nos suenan Albert Einstein, Isaac Newton, Santiago Ramón y Cajal o Louis Pasteur y no tanto Dorothy Crowfoot, Katherine Johnson, Mary Anderson o Grace Murray Hopper? El trabajo de investigación y los logros científicos no tendrían que tener menos crédito si llevan la firma de una mujer. Sus nombres no tendrían que haber quedado en un segundo plano pues con ello se ha invisibilizado la aportación de brillantes investigadoras a la ciencia, ha borrado modelos a seguir para niñas y adolescentes y ha fomentado los estereotipos de género dentro de este campo. No podemos ignorar el trabajo del 50% de la población.


A pesar de los avances en los últimos años, la brecha de género en los sectores de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (STEM) persiste desde hace años en todo el mundo. Según la UNESCO, menos del 30% de las personas investigadoras en todo el mundo son mujeres y tan solo un porcentaje similar de estudiantes eligen una carrera relacionada con las ciencias.


Referentes para fomentar la vocación de niñas científicas


Para hacer frente a esta disparidad trabajan varios colectivos. Entre ellos, la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas que con su campaña #NoMoreMaltildas quiere recuperar los nombres y trabajos de mujeres como Inge Lehmann y sus estudios sobre el núcleo de la Tierra, Emmy Noether, con sus revolucionarias teorías de la física y madre del álgebra moderna o Marie Tharp y el primer mapa científico de todo el suelo oceánico.

También luchan para que la vocación científica de muchas niñas no se apague por el instalado estereotipo de que la ciencia es cosa de hombres.


En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia -que instauró la ONU en 2015- se pretende alcanzar la igualdad de género, con acceso y participación equitativa en esta materia. Una fecha que nos invita a recordar que el papel de la mujer en la ciencia ha sido y es fundamental. Que las niñas lo conozcan es vital para que cuenten con referentes en estas áreas que las ayuden a impulsar sus competencias y vocaciones, a no encontrar ningún límite al preguntarse hasta dónde pueden llegar. La ciencia es también cosa de mujeres.

 

 

Imagen: Chen Wei, epidemióloga que lidera el proyecto de la vacuna en China. © Li Xiang/Xinhua


Por: Vega Alonso del Val (@VegaAlonsoV), colaboradora de Amnistía Internacional

 

Fuente: Amnistía Internacional

En: https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/mujeres-de-ciencia-tras-la-vacuna-contra-la-covid-19/

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