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8 de febrero de 2021

Académicos venezolanos invitan a repensar el conocimiento


En aquel imperio, el arte de la cartografía logró tal perfección
que el mapa de una sola provincia ocupaba toda una ciudad,
y el mapa del imperio, toda una provincia.
Con el tiempo, estos mapas desmesurados no satisficieron,
y los colegios de cartógrafos levantaron un mapa del imperio,
que tenía el tamaño del imperio y coincidía puntualmente con él.

Menos adictas al estudio de la cartografía,
las generaciones siguientes entendieron que ese dilatado mapa era inútil
y, no sin impiedad, lo entregaron a las inclemencias del sol y los inviernos”.

Jorge Luis Borges, en El rigor en la ciencia

En los últimos estudios de percepción pública de la ciencia hechos en Venezuela, se preguntó sobre cuáles científicos venezolanos conoce la gente, y la respuesta fue recurrente: “Jacinto Convit, Humberto Fernández Morán y José Gregorio Hernández”. Estas respuestas mantienen, en el fondo, el concepto de lo “duro” y lo “blando”, con respecto a la definición de ciencia; así como el velo sistemático sobre la participación de las mujeres en la ciencia. Las narrativas institucionalizadas han generado la creencia de que las ciencias naturales, las ciencias exactas valen, pero que las otras ciencias no tienen el mismo peso, ni la misma rigurosidad de las primeras; mucho menos los otros saberes. La ciencia moderna/colonial/capitalista se ha presentado, además, como una actividad para machos.

En las respuestas de las tres encuestas nacionales sobre la percepción colectiva de la ciencia, la tecnología y la innovación (CTI) no se expresa la utilidad de estos procesos en la vida cotidiana, ni la vinculación de dichos procesos con los programas de estudio formales o informales.

Detrás de la aplicación de esas encuestas de percepción pública de la CTI ha estado una mujer: Grisel Romero, quien también formó parte del equipo técnico de la Misión Ciencia. Esta investigadora académica señala que la ciencia, en el imaginario colectivo, pareciera haberse extraviado en un laberinto que no trasciende lo privado, ni lo público; por lo cual plantea construir una nueva gestión de la ciencia. Una gestión social de la ciencia, cuya dinámica permita definir en colectivo las necesidades comunitarias y acordar soluciones también en colectivo, en cada territorio.

Una gestión social transmoderna que supere lo público y lo comunitario, que asume el conocimiento como lo común [y no como una mercancía manejada por las trasnacionales del capital, o un servicio público administrado desde el Estado]; la ciencia, como actitud cotidiana; y la tecnología, como la herramienta fundamental para el desarrollo endógeno”. Una gestión emergente que exige una política de divulgación distinta de la ciencia para no depender de indicadores, conceptos y marcos intelectuales signados por la geopolítica de la modernidad.

Para esta socióloga, hay una barrera importante que no se ha terminado de romper: la ciencia sigue siendo muy elitesca y muy lejana, como si fuera un espacio exclusivo para “los que saben”. Advierte que los científicos tienen un sitial de honor en el imaginario colectivo donde no todos tenemos cabida, porque, o bien no hemos estudiado en la academia, o bien no cumplimos los patrones que establece la ciencia dominante. De esta forma, aquel conocimiento que no se genera a partir del método reconocido como “científico”, entonces, se desvaloriza, se descalifica. Pero cuando uno indaga sobre lo que pasa en las comunidades se da cuenta de que las personas gestionan elementos de ciencia, tecnología e innovación, especializados, aun no sabiéndolo e incluso no reconociéndolo.

Así lo sistematiza Grisel, en su libro Gestión social de ciencia, tecnología e innovación en el Estado venezolano, escrito a cuatro manos con Carlos Zavarse. Allí ambos investigadores abordan una mirada alternativa de la ciencia, la tecnología y la innovación, con el objetivo de construir nuevas categorías.

Este texto presenta la necesidad y urgencia de trascender el modelo clásico de gestión de la CTI, para avanzar a un sistema complejo propio de una civilización transmoderna, en el sentido acuñado por el filósofo de la liberación Enrique Dussel.

El modelo que propone Grisel, especialista en Políticas Públicas, reclama una nueva identidad pública que transite hacia su propia trasmutación, así como la transformación de nuevas capacidades y experiencias que certifiquen conocimientos para alcanzar soluciones innovadoras a nivel comunitario, bajo una racionalidad social y política. De esta forma, ambas organizaciones con nuevas identidades estarían preparadas para cogestionar la CTI a nivel local, mediante redes movilizadas, la participación activa de todas las personas involucradas y la contraloría social como vínculo con el entorno que se verá afectado por dicha gestión.

El tema de la gestión social, definido por Grisel y Carlos, parte del supuesto de que personas con capacidades hacen diligencias sobre bienes comunes con un propósito compartido. La combinación de gente, capacidad y propósito genera identidad. Esa relación significa que la institucionalidad pública debe tener objetivos comunes con la “institucionalidad instituyente” (en este caso, los sistemas de agregación comunal). El Poder Popular debe asumir el rol que le corresponde en la gestión de la ciencia y la tecnología, como lo indica el nombre del ministerio.

A partir de esta caracterización, emergen cinco categorías para una propuesta teórica de gestión social transmoderna de la ciencia: 1) transcomplejidad: está referida a la forma de generar conocimiento que supera la racionalidad científica tradicional; 2) propósitos compartidos: son las aspiraciones u objetivos que se plantean tanto el Estado como las comunidades al momento de gestionar la CTI en el territorio; 3) poder sin dominación: dada las relaciones de horizontalidad entre los sujetos que gestionan la CTI, se asume que las relaciones de poder entre ellos no son de dominación; 4) conocimiento: se asume la ciencia como conocimiento más que como capacidad, integrando todas las formas de generación de conocimiento y todas las formas de estudiar la realidad; 5) transmodernidad: es el nuevo modelo civilizatorio donde se trasciende la lógica racional propia de la modernidad y se gestiona el conocimiento y la información en el territorio comunal.

Este libro del que hablamos —publicado por el Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación y por la editorial Hormiguero— permite sacar a la ciencia de su carácter religioso-dogmático, porque la somete a discusión. Es un documento que presenta un esfuerzo por distinguir premisas relevantes para repensar la dualidad ciencia-Estado/ciencia-comunidad. En cierta manera, se abre hacia varias categorías con las cuales podemos caminar un buen trecho. Pero hay elementos cuya revisión es importante y esencial, como parte del ejercicio de descolonización del pensamiento. A partir de este punto, plantearíamos algunas preguntas: ¿es la ciencia una concepción de la vida de la humanidad o una manifestación cultural? ¿La ciencia es un método o una cosmovisión?

La crisis ambiental, la pobreza y la crisis financiera, las manifestaciones más potentes de la crisis civilizatoria actual, generan muchas interrogantes acerca de la ciencia, que ha sido el patrón de conocimiento del proceso de la modernidad y de los últimos tres siglos del capitalismo. ¿Será posible solventar el atolladero histórico que vive la humanidad utilizando las mismas herramientas que lo produjeron? ¿Podemos con ciencia y tecnología propiciar sociedades no-modernas?

¿Será viable superar la racionalidad científica tradicional con el lenguaje y los métodos que constituyen esta racionalidad? ¿Cómo se puede construir un nuevo momento del ejercicio de la racionalidad y un lenguaje liberador desde la razón dominadora?

¿Por qué seguir hablando de “desarrollo”? Ya sabemos que, aunque se le cambie el epíteto, “desarrollo” es lo mismo que capitalismo; es decir: el sistema que nos ha traído a la crisis planetaria que vivimos hoy. ¿Por qué si hablamos de capacidades sociales insistimos en una direccionalidad desde el Estado? ¿Cómo puede tejerse una gestión social de la ciencia en una relación con una institucionalidad pública rentista, cuya lógica mantiene la racionalidad burguesa? Si este es el lugar de partida, ¿cómo se elaboran el compromiso y la solidaridad con el oprimido como praxis, política y razón? ¿Se puede hablar de conocimiento, y aprehenderlo en su raíz, sin considerar las relaciones de poder y de lucha de unos sobre otros?

Preguntas que no pueden enmudecerse, si queremos avanzar a una gestión social de una ciencia otra, que descolonice el mundo.

Por: Nerlyny Carucí y Guillermo Barreto

Fuente, Ciudad CCS, Date con la Ciencia

En: https://ciudadccs.info/2021/02/05/date-con-la-ciencia-gestion-social-de-la-ciencia/

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