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13 de enero de 2021

2021: geopolítica, gobernanza y ciberseguridad


A más de un año de la detección del paciente cero, los efectos más adversos de los brotes de
covid-19 han mostrado evidencia suficiente para elaborar un diagnóstico de las afectaciones
ocasionadas en diversos sectores, revirtiendo, en la mayoría de los casos, avances en materia
económica y social. Lo anterior significa un incremento en las desigualdades tanto entre
individuos como entre los países, agudizando las problemáticas previas a la pandemia y
creando nuevos retos, en los que difícilmente existe una lectura optimista. La realidad es que el
mundo ahora es un lugar más peligroso y vulnerable de lo que solía ser unos meses atrás.
La seguridad internacional orbita en este sentido. Las amenazas recurrentes y las
inestabilidades geopolíticas prexistentes cuentan con nuevas variables que complican las
relaciones internacionales, debilitando generalmente la cadencia de los gobiernos, a las
coaliciones y a los elementos de la constitución social entre las poblaciones, mientras que los
actores desestabilizadores se fortalecen en este nuevo ambiente. Por ejemplo, el terrorismo,
las agrupaciones criminales, los movimientos insurgentes de diversa manufactura e, incluso,
los países revolucionarios se benefician de la debilidad coyuntural y, en algunos casos, han
migrando sus operaciones tácticas usuales al orden tecnológico. Ahí, han encontrado nuevos
caminos que podrían proporcionales fortalezas ante fuerzas asimétricas, como las armas
químicas y biológicas, que han manifestado su eficacia desestabilizadora, así como las
confrontaciones cibernéticas, entendidas como una dimensión de enfrentamientos
sistematizados con recursos tecnológicos que presentan diferentes grados de autonomía.
Por lo tanto, la perpetua contienda por la supremacía militar, médica, científica y económica ha
convertido a la banda ancha y a las comunicaciones en su principal punto de encuentro, y las
operaciones de ciberinteligencia han cobrado mayor relevancia. El covid-19 no es un botón de
pausa para los generadores de violencia y para los actos de guerra distribuidos ya sea en la luz
o en las sombras. Las amenazas son ahora más peligrosas, los Estados más vulnerables y las
rivalidades geopolíticas caminan en territorios desconocidos. Parafraseando a Chuck J.
Klosterman, en ocasiones todo acerca del mundo cambia en un solo instante, y este es uno de
esos momentos. La geopolítica y la defensa son asignaturas más complejas y enfrentan
riesgos y amenazas sin precedentes, al tiempo que las guerras híbridas han tocado un nuevo
escalón.
El ciberespacio y la geopolítica
En la historia podemos encontrar hechos que han modificado la forma en la que entendemos la
seguridad internacional. Del mismo modo, la estrategia de combate permanece en movimiento.
Por ejemplo, la guerra de Corea y luego la guerra de Vietnam fueron confrontaciones que
comenzaron a forjar el concepto de guerras asimétricas y lo llevaron a los escritorios del mundo
al igual que a las academias. De la misma forma, la caída del Halcón Negro fue el hito que
marcó el inicio de la guerra en escenarios urbanos, abriendo una nueva etapa para los
conflictos y las intervenciones. Ante estas circunstancias, la adaptabilidad ha sido siempre la
única vía para la sobrevivencia, y esta ha encontrado usualmente su hogar en el desarrollo
tecnológico. En esta ocasión no es distinto, pues el ciberespacio ha sido el telón de fondo de
los conflictos, pero ahora se posiciona en un primer plano derivado de las circunstancias
actuales que orillan, en muchos casos, a un viraje de las competencias en los campos
armamentistas tradicionales a la esfera digital de una manera acelerada.
Prácticamente todo aquello que puede conectarse a alguna red es vulnerable o susceptible a
sufrir ataques cibernéticos. Lo anterior, conjugado con la conversión los sectores productivos y
gubernamentales a la digitalización, la adopción y la dependencia de las redes de
comunicación móviles

incluso en la vida social cotidiana

permite que prácticamente
cualquier dispositivo o comunicación se convierta en un objetivo, ya sea un teléfono inteligente,
una computadora o un automóvil. Así, la infraestructura sensible en el ámbito de la salud, la

ciencia, las finanzas, el abastecimiento y propiamente la defensa militar se convierten en
objetivos naturales para enemigos que buscan obtener información y ventaja, generar desgaste
o causar un daño vital.
Desde la última década del siglo XX, para muchos países la seguridad cibernética se convirtió
en la primera línea de defensa. Se trata de medios tecnológicos y sofisticados dirigidos a
causar daños en puntos de presión definidos de carácter estratégico, en una realidad en la que
la separación entre la defensa y el ataque es esencialmente difusa. Ineludiblemente, la
posesión de información o bien las carencias de datos confiables, pueden inclinar la balanza en
una coyuntura. Si bien las ciberoperaciones han desempeñado un papel estratégico
imprescindible en toda operación militar, en la ecuación actual, en la que los medios remotos
predominan en las operaciones de cualquier tipo, el ciberespacio y los medios de respuesta
autónomos se convierten en el paso obligatorio, que puede convertirse en un conjuro virtuoso
para la protección de la información clasificada o en un veneno que destina al fracaso.
Lejos de transitar a un panorama estable, las operaciones ofensivas incrementan
sustancialmente año con año, manteniendo una tendencia impredecible e indetectable. Por otro
lado, las operaciones de propaganda y desinformación son parte de la nueva realidad del
ajedrez geopolítico. La infraestructura crítica de los Estados, ya sea relacionada con algún
centro económico importante, un observatorio científico o una red médica gubernamental, se
convierten en objetivos que pueden ser atacados desde cualquier punto, sin costo humanitario,
con bajo costo económico y siendo la invisibilidad la mejor garantía. No es posible solucionar
un problema que no hemos diagnóstico, del mismo modo en el que no se puede combatir a un
enemigo cuyo rostro no hemos reconocido.
El ciberespacio y la gobernanza
En palabras de Francis Fukuyama, “la legitimidad de los gobiernos no dependerá tanto de que
sean democráticos o autoritarios, sino de la eficacia para combatir la pandemia”. En el último
semestre, el incremento en la ciberactividad a nivel mundial ha sido evidente por la adopción de
un nuevo estilo de integración de manera forzada a causa de la contingencia epidemiológica.
En este aspecto, el aumento del número de operaciones vía internet provee una oportunidad
inigualable, así como un incentivo adicional para aumentar los esfuerzos en materia de
cibervigilancia. Sin embargo, son pocos los Estados y los actores con la posibilidad de hacer
los seguimientos para clasificar y dar verificación a datos de valor que puedan ser traducidos
en inteligencia procesable dentro de un mar de información carente de utilidad, por lo que
contar con esta capacidad otorga ventajas geopolíticas y económicas a quienes posean estos
recursos de análisis y almacenamiento por encima de actores que dependan de la información,
condicionando así la gobernanza por medio de la información.
En palabras del Exsecretario de Defensa del Reino Unido, lord John Reid, “en ocasiones
corremos el riesgo de continuar peleando conflictos del siglo XXI con reglas del siglo XX”. En
este caso, las empresas proveedoras de plataformas de comunicación o de servidores
comienzan un auge informático en el que acumulan información de sus usuarios de forma
masiva. No es que esto no ocurriera en el pasado, pero el ecosistema actual influye para que
incrementen su peso gracias a un elemento disruptivo resultado de las políticas de
confinamiento o restricción a la movilidad derivadas de la pandemia. Estos recolectores y
proveedores de metadata aumentan su valor estratégico para los principales actores de la
esfera del poder y del Estado, o, en sentido opuesto, para que estos actores se impongan
antes los poderes tradicionales, situación que puede agravarse ante la coyuntura que propicia
la debilidad política.
Adicionalmente, la condición de digitalización acelerada representa también un paso adelante
para la digitalización del flujo del dinero, removiendo al efectivo de la vida diaria y abriendo
paso al dinero digital. La eliminación o la reducción del uso del efectivo promueve herramientas
para detener flujos de recursos provenientes del crimen organizado, cerrándole el paso a
prácticas del lavado de recursos ilícitos, así como fortaleciendo los instrumentos que permiten
la detección de las fuentes de financiamiento al terrorismo internacional e interno, y desde una

óptica financiera, promueve el orden fiscal. La organización proveniente de cualquier sector
representa una ventaja invaluable en materia de seguridad y defensa. En cuestiones
financieras, la digitalización del dinero puede convertirse en el mejor aliado de la seguridad
internacional en los próximos años.
Comentarios finales
La comunidad de inteligencia, así como los diversos aparatos y entidades relacionadas con la
seguridad pública y privada, tienen el deber de estrechar los lazos de cooperación con
homónimos internacionales. Si el ciberespacio es un lugar que no conoce el concepto de
fronteras, la cooperación por ese medio tampoco debe ser un obstáculo para la seguridad
internacional, circunstancia que cada día pierde factibilidad por la sensibilidad de la información
y del momento, así como por la desconfianza generalizada que impera en el ánimo de las
relaciones internacionales. Hay pocas condiciones para que se generen diálogos y mucho
menos para que los choques geopolíticos desciendan su intensidad. En este contexto, las
organizaciones y los observatorios civiles deben aumentar su activismo y su número de lazos
con sus pares internacionales.
Es importante centrarse en la construcción de marcos regulatorios internacionales que atiendan
los protocolos de defensa y seguridad para aislar intentos de daño por parte de actores
desestabilizadores y que provean al sector económico de nuevas herramientas que faciliten el
comercio, sin desestimar la protección a los derechos y las libertades. En el espacio virtual, al
igual que en los conflictos convencionales en las montañas o en los mares, la planeación debe
encontrar un balance entre la estrategia, los medios y el propósito, el primero para encontrar
una táctica óptima, el segundo para conocer las capacidades, y el tercero para no perder la
dirección para dar cima a los objetivos primordiales, dejando de lado realidades políticas,
intereses particulares y un continuo cambio de prioridades.
Por: Mauricio D. Aceves, licenciado en Relaciones Internacionales en la Universidad del Valle
de México, maestro en Seguridad Pública y Políticas Públicas por la IEXE Escuela de Políticas
Públicas y diplomado en Dirección de Operaciones de Inteligencia y Contrainteligencia por el
Campus Internacional para la Seguridad y la Defensa. Es analista independiente y autor de
diversos artículos relacionados con la seguridad internacional. Sígalo en Twitter en
@DaanMaur.
Fuente: Revista Foreing Affairs Latinoamérica
En: http://revistafal.com/2021-geopolitica-gobernanza-y-ciberseguridad/

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